El plan de anexar Santo Domingo a EEUU para poblarlo con ex esclavos

En 1871 el presidente Buenaventura Báez promovió y firmó un tratado de anexión con Estados Unidos que incluyó la venta de la Bahía de Samaná. El presidente norteamericano Ulisses Grant empujó con mucho entusiasmo el proyecto, primero ante su gabinete y luego frente al Senado, el cual tenía que ratificarlo, pero no consiguió los votos congresuales necesarios para ese fin.
La verdadera razón tras ese entusiasmo lo mantuvo Grant en secreto, divulgándolo solo en su último discurso ante el Congreso, cinco años después. Grant había llegado a la presidencia apenas cuatro años de finalizada la guerra civil y cinco después de proclamada la emancipación, o sea la libertad de los esclavos. El período subsiguiente, llamado “de reconstrucción” implicó modificar el sistema de producción para que fueran negros libres los que trabajaran las plantaciones sureñas y generó mucha violencia entre blancos quienes crearon el Ku Klux Klan, y los ex esclavos. Lamentándose de la no anexión Grant explicó: “La isla cuenta con pocos habitantes mientras posee un territorio suficiente para el empleo productivo de varios millones de personas. La tierra pronto hubiese caído en manos de capitalistas norteamericanos. Los productos son tan valiosos para el comercio que el emigrar allí pronto se hubiese visto estimulado. La raza emancipada del sur hubiese encontrado allí un hogar agradable, donde sus derechos civiles no hubiesen sido cuestionados y donde se demandaría tanto su mano de obra que el más pobre entre ellos hubiese encontrado los medios para ir allí. En los casos de gran opresión y crueldad, como de los que han sido víctimas en muchos lugares durante los últimos once años, comunidades enteras hubiesen buscado refugio en Santo Domingo. No supongo que toda la raza se hubiese ido, ni es deseable que deban hacerlo. Su trabajo es deseable -casi indispensable- donde están ahora. Pero la posesión de ese territorio hubiese dejado al negro ‘jefe de la situación’, al permitirle exigir sus derechos en su hogar, a expensas de encontrarlos en otro lugar”.
En sus memorias Grant fue aún más explícito: “La condición del hombre de color dentro de nuestras fronteras puede devenir en una fuente de ansiedad, para decir lo menos. Fue traído a nuestras playas por compulsión y ahora debe de ser considerado como teniendo tan buen derecho a permanecer aquí como cualquier otra clase de nuestros ciudadanos. Fue buscando una solución a esta cuestión que me sentí urgido a anexar a Santo Domingo mientras fui presidente de Estados Unidos. Santo Domingo nos fue ofrecida gratuitamente, no solo por su gobierno, sino por toda su gente, casi a ningún precio. La isla está cerca de nuestras playas, es muy fértil y capaz de acoger quince millones de personas. Los productos de su tierra son tan valiosos que el trabajar sus campos sería tan compensado como para permitir a aquellos que quisiesen ir allí el pronto repago del costo de su pasaje. Consideré que la gente de color iría allí en grandes números, para así contar con Estados independientes gobernados por su propia raza. Seguirían siendo Estados de la Unión, y bajo la protección del gobierno general, pero los ciudadanos serían casi todos negros”.
De haber logrado los votos suficientes para la ratificación senatorial, Santo Domingo hubiese devenido, pues, en un Estado de la Unión poblado principalmente por ex esclavos negros norteamericanos.
Báez y sus seguidores querían la anexión para enriquecerse con el aumento tanto en el valor de la tierra como de las concesiones y para evitar ser derrotados por José María Cabral y Gregorio Luperón. También buscaban protección contra otra invasión haitiana. Pero la anexión hubiese llenado al país de negros, no haitianos, sino americanos.
En el antes referido discurso Grant explicó que los productos agrícolas procedentes de un Santo Domingo convertido en Estado de la Unión hubiesen entrado libre de impuestos, desplazando a las exportaciones cubanas, un 75% de cuyo valor llegaba a Estados Unidos. Al quebrar la colonia española de Cuba hubiese resultado mucho más barato el plan estadounidense de comprarla a España que había surgido coincidiendo con la guerra de los diez años (1868-1878) encabezada por Carlos Manuel de Céspedes.

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